|
|
Con
Raquetas y Esquíes
Por
Mauricio Bernardo Bianchi
elandinista@yahoo.com.ar
Bariloche es el paraíso de las mil
posibilidades de disfrutar de la naturaleza y decidimos ir allí para
conocer una de ellas en julio. Ya estaba bien entrada la temporada invernal
y ello garantizó una abundante cantidad de nieve entonces decidimos
andar...
Llegamos a San Carlos de
Bariloche -Lorena Prieto y el que firma- el 4 de julio, luego del agotador
viaje en ómnibus pero ello no evitó que desde la terminal llame a mi amigo
Raúl Muñoz y, como no podía ser de otra forma, a las 2 hs. ya estábamos
caminando por la ladera del cerro Otto. No importó en lo más mínimo el
cansancio del viaje ante la oportunidad de disfrutar a pleno la montaña con
el día espléndido que teníamos.
Llegamos hasta el hermoso
Refugio Berghof que fuera construído a fines de los años ´30 por el
legendario Otto Meiling (uno de los cuatro fundadores del Club Andino
Bariloche -CAB-). Allí nos atendió con la cortesía de siempre el
refugiero "Tato" López y un chocolate con tortas fritas nos quitó
el frío.
Recorrer la ladera norte del
Cerro Otto -sobre el cual se recuesta la ciudad- significa tener una vista
inmejorable. Se aprecia la inmensidad del lago Nahuel Huapi, sus principales
islas (Huemul, de las Gallinas, de las Gaviotas y, por supuesto, Victoria) y
la costa neuquina con la cadena del Cuyín Manzano.










|
Regresamos con un hermoso atardecer hacia el
oeste y las luces de la ciudad encenciéndose hacia el este.
El valle del Chall-Hua-Co
Lo mejor comenzó al día siguiente: desde la sede del CAB partimos
hacia el valle del Chall-Hua-Co. En ese valle se encuentra -a 1420
mts. sobre el nivel del mar- otro refugio, el Juan Javier Neumeyer
(otro de los fundadores).
Desde el CAB parte el transporte, en 4x4, todos los días a cargo de
uno de los refugieros, Clemente Arko quien, en el viaje que dura 45
minutos y recorre 25 km., describe acabadamente (en castellano
mezclado con el esloveno paterno) lo más importante de la región a
nivel geográfico, biológico y humano.
El valle es hermoso, de origen glaciario y ha sufrido,
lamentablemente, dos importantes incendios en los últimos años, el
más grave en 1996.
Arribando al refugio se va ganando altura en el camino y nos vamos
internando en un antiguo bosque de lengas. Le gusta decir a Clemente
que este valle es muy especial ya que "...lo único que ha
hecho el hombre aquí es el camino y el refugio...".
Al llegar, como el día era espléndido, inmediatamente dejamos las
mochilas en el dormitorio común que poseen todos los refugios y nos
preparamos para ir hacia la Laguna Verde que, sospechábamos y así
nos confirmaron, estaba congelada. También llevamos raquetas pues
la idea era volver "atravesando el bosque".
La caminata la realizamos por un alto bosque de lengas que
literalmente "nos bombardeaba" cada 5 minutos ya que el
viento hacía caer la nieve acumulada en las ramas. De más está
decir que fueron divertidos un "par de bombazos".
Así recorrimos la senda que serpentea por el bosque en constante
ascenso para salvar los 200 mts. de desnivel hasta la laguna.
El trayecto nos llevó una hora y media porque constantemente nos
deteníamos a sacar fotos o apreciar la belleza del entorno. A veces
nos demoraba el quedarnos observando un gran nudo producido por la
defensa del árbol contra el famoso hongo Llao-Llao, en otras
ocasiones algún intrépido pájaro veloz o tal vez observar la
cantidad de "Barba de viejo" que crece en este lugar. Este
vegetal "cuelga" de los troncos y se dice que crece sólo
en los lugares donde el aire es puro. A juzgar por la cantidad que
había, debía ser de una pureza absoluta.
Antes de arribar a la laguna llegamos a un mirador del cual se
divisa la parte superior del valle.
Fue emocionante encontrar la laguna Verde totalmente congelada,
caminar por su superficie, jugar con la nieve por sobre ella
pensando que bajo la capa de hielo que pisábamos había litros y
litros de agua. Recorrer una laguna congelada es una sensación muy
especial. Es como "desafiarla".
A ponerse las raquetas
Aquí llegó el momento de las raquetas. Nos las colocamos y
cruzamos la laguna a lo ancho para ascender a un promontorio
importante. Desde allí tuvimos una increíble vista del Cerro
Chall-Hua-Co (1.950 mts.) totalmente nevado. Estábamos al pie de él.
Caminar con raquetas es muy particular, es como calzar 53. Hasta que
te acostumbrás te enganchás un pie con el otro y ahí... tropezón,
al suelo y enterrado en la nieve. Muy entretenido... para el que te
mira!
A partir de ese momento comenzamos a descender, a regresar al
refugio pero "paralelamente" a la senda, atravesando el
bosque, adivinando que encontraríamos la senda a tan solo 10
minutos del refugio, y así fue.
La nieve en el bosque -había como 1 metro y medio- "nivela el
terreno" y permite transitarlo por cualquier lado, cosa que en
otras épocas no se puede. Ojo!... también hace más propicio el
perderse.
Recorrimos sectores donde, a pesar de las raquetas, la nieve estaba
tan blanda que nos hundíamos hasta más arriba de los tobillos.
Nuestra caminata consistía en ir observando, sacando fotos y
descubriendo las formas que la nieve adoptaba sobre árboles y
troncos caídos.
Un mirador
Al llegar al refugio no nos quedamos quietos. Como nos quedaban aún
un par de horas de luz (comenzaba a anochecer a las 18,15 hs.) nos
fuimos al mirador del valle que estaba a tan solo 15 minutos de allí.
En ese punto privilegiado tomamos un buen té caliente (de rosa
mosqueta obviamente) y ya comenzamos a pensar: ¿dónde iríamos mañana?.
Una cresta interesante se nos presentaba tentadoramente enfrente. Se
la conoce como "la ventana".
La noche trajo charla con los visitantes del refugio y con el otro
encargado del mismo -Adán-, una buena cena y el descanso adecuado.
Esquiando
El día siguiente se presentó otra vez espléndido y lo dedicamos a
aprender: esquí nórdico. Toda la jornada fue para, primero conocer
la técnica y luego... pasear.
El esquí nórdico nació de la necesidad de
"trasladarse" en los países como Suecia, Dinamarca,
Finlandia, etc., contrariamente al esquí alpino -de descenso- que
es, esencialmente de carácter deportivo / competitivo.
Este tipo de esquí es más "natural"
ya que el pie conserva su libertad, el talón no queda fijo al esquí,
sólo se fija la punta y así el pie tiene movimiento. A los 20 o 30
minutos uno ya "sale esquiando" bastante tranquilamente.
Aunque ello no evita unos "buenos porrazos" (podemos dar
cuenta de ello).
Este esquí nos permitió aprovechar hasta la última
luz del día para recorrer el bosque de un lado a otro por sobre la
nieve "como si supiéramos". Por supuesto que tuvimos
nuestro pic-nic "on the rocks" en el cual, sentados sobre
los esquíes dimos cuenta de pan con salamín.
Ese día descubrimos otros habitantes del bosque: tres laboriosos pájaros
carpinteros. Ignorando absolutamente nuestra presencia se dedicaban
a castigar los árboles en busca de su alimento. En el silencio del
bosque el sonido de sus golpes se destacaba claramente.
Cuando ya finalizaba la jornada nos fuimos al
refugio algo cansados de esquiar como 6 hs. y... muertos de sed por
el maldito salamín.
|
Por los filos
El tercer día en
el refugio también se presentó espectacular -no podíamos creer nuestra
suerte- y fue la ocasión para ir a la ventana. Esta se encuentra en un filo
que, casi cerrando el valle, une en forma irregular el Cerro Estrato con el
Cerro Chall-Hua-Co.
Iniciamos la
caminata -toda con raquetas- por la senda que conduce hacia un importante
mallín (zona pantanosa o barrosa) que estaba cubierto de nieve. Hasta allí
el trayecto estaba "bien pisado" por los turistas pero de ahí en
adelante pocos se aventuraban. Sin embargo Clemente y Adán hacen un buen
trabajo y tienen todas las sendas marcadas. Estando atento es imposible
perderse.
La pendiente se acentuó y caminar con raquetas es divertido, aunque un poco
más lento de lo habitual.
Al ganar altura
comenzó a desaparecer el bosque y entramos netamente en el filo que se
presentaba totalmente cubierto de nieve. Era un manto blanco monótono pero
bello.
Al llegar al
filo nos dirigimos a un sector conocido como "Mirador del Ñirihuau"
porque desde allí se divisa la zona donde nace ese río. Pero también se
ven kilómetros y kilómetros de montañas hacia el este, hacia la estepa.
Además se divisa, hacia el oeste, el trayecto del valle, el cerro Otto y
Bariloche a orillas del Nahuel Huapi. Hacia el norte la vista es del cerro
Estrato y otro sector del lago.
Aquí nos dedicamos a recorrer el filo hacia la cresta de la ventana que la
teníamos a unos cientos de metros.
Disfrutamos plenamente de esta caminata por el filo, sobre la nieve, con
vistas a nuestros flancos sin saber cuál era más linda.





|
Al llegar a la cresta apreciamos
su tamaño que nos superaba en altura en 10, 20 y más metros, según
el sector. Este fue el lugar para hacer "pic-nic" y
hasta un aguilucho se dedicó a contemplarnos. Pensaría:
"...qué hacen éstos acá?".
Luego de disfrutar el momento, que nos hubiera gustado sea eterno,
comenzamos el regreso. Otra vez nos dedicamos a
"innovar" en el camino y atravesamos el bosque por donde
más nos gustó. Otra vez llegamos sin problemas a encontrar la
senda y arribamos al refugio con el tiempo necesario para volver a
Bariloche.
El regreso transcurrió en medio de un diálogo con Clemente
interesado en que le contemos por dónde habíamos andado.
Del Nahuel al Gutierrez
No todo terminó allí. Al día siguiente teníamos la intención
de ir al Refugio Frey en el Cerro Catedral pero el clima amenazaba
feo y no queríamos quedarnos aislados en la montaña así que
optamos por algo más sencillo pero no menos entretenido: subir al
cerro Otto desde las orillas del Lago Nahuel Huapi -desde el
norte- y bajar hasta las orillas del Lago Gutierrez -por el sur.
Partimos desde el Centro Cívico y a las pocas cuadras comenzamos
a ascender por una picada que, alternando barro con hielo y algo
de nieve, cruzaba varias veces al camino de autos que sube el
cerro.
Luego de superar la zona del Refugio Berghof seguimos caminando
por el camino vehicular, que estaba casi intransitable por la gran
cantidad de nieve, hasta llegar a la famosa confitería giratoria
que marca la cumbre del cerro (1.450 mts.).
En esta zona fue el lugar del pic-nic: espectaculares sandwichs de
salamín con queso y un reconfortante té de manzanilla, de postre
chocolate en barra. Todo con una vista de los cerros importantes:
el Catedral, el imponente Tronador, el Negro, el Bella Vista, el
Goye, el López, el Capilla y el Campanario. De yapa las islas del
gran lago y la Península de San Pedro. ¿Algo más para pedir?
Luego del "almuerzo" nos calzamos las raquetas porque
venía lo "poco transitado". Comenzamos a recorrer esos
lugares a donde va poca gente.
Nos dirigimos hacia la ladera sur del cerro y comenzamos a caminar
por hermosos bosques de árboles muy grandes. Pudimos ver lengas,
ñires, cohiues y ciprés de la cordillera. También algunas
especies de pinos no autóctonas.
Luego de andar disfrutando de tanta naturaleza un buen rato
llegamos al primer mirador del lago Gutierrez y, más adelante, a
la conocida Piedra Hasburgo que ofrece una vista casi completa de
este espejo de agua. Veíamos hasta dónde teníamos que llegar y
nos dábamos cuenta que se nos estaba haciendo tarde, nos quedaba
poco tiempo de luz. Comenzamos a descender.
El camino aquí es bien ancho (antes eran pistas de esquí nórdico)
y en constante descenso "en caracoles". Luego de una
hora de marcha y cuando ya estaba oscureciendo llegamos a un claro
donde se encuentra un aerosilla abandonada, con los cables tirados
por ahí pero las torres firmes recordando su pasado activo. Aquí
nos sacamos las raquetas. Ya no había nieve.
Ya eran casi las 19 hs. y oscurecía. Al atravesar el bosque no veíamos
prácticamente nada pero ya estábamos en las primeras casas de
Villa Arelauquen.
Alrededor de las 19,30 hs. llegamos a la costa del Gutiérrez. Habíamos
cumplido nuestra travesía. Lo primero que hicimos fue
"festejar" tomando litros de esa pura agua del lago...
el salamín había hecho efecto a pleno.
De allí solo nos quedó una caminata de 2 km. -en la oscuridad-
hasta Villa Los Cohiues y un colectivo hasta el Centro Cívico
para cerrar el circuito.
|

Regreso
El último día en la ciudad fue totalmente lluvioso lo cual nos demostró
nuestra acertada decisión de no ir al Frey y el sábado 10 de julio, con
gran pena, nos dirijimos al aeropuerto para, luego de un lindo vuelo -por
las vistas- estar en Buenos Aires añorando, instantáneamente, el momento
de regresar a "la capital de los lagos del sur", porque uno...
siempre se vuelve.
El valle del Chall-Hua-Co
Chall-Hua-Co significa "lugar del pez grande" o podría
interpretarse como "lugar donde hay buena pesca". En rigor de
verdad, no es para que se entusiasmen los pescadores. Ni se molesten en ir,
tal vez era en otra época y por eso los nativos le pusieron ese nombre.
Lo que si se puede disfrutar allí, y a pleno, es del bosque, la naturaleza
y la amabilidad de los encargados del refugio.
El valle tiene una extensión de
aproximadamente 15 km. y la entrada al mismo está a tan sólo 10 km. de la
ciudad de San Carlos de Bariloche.
Es un valle de origen glaciario que alcanza
una altura de 1.500 mts. sobre el nivel del mar y se encuentra rodeado,
principalmente, por los cerros Ventana, Ñireco, Chall-Hua-Co, Estrato y
Carbón.
La importancia de este valle consiste en que es el último bosque antes de
la casi desértica estepa. Su bosque principal es de lengas. Ejemplares de
esta especie llegan a tener allí más de 30 mts. de altura y, se estima, más
de 300 años de edad.
Otra característica particular del valle es
que allí existe una especie de ranita que es exclusiva de ese lugar, no
existe en ningún otro lugar del mundo. Obviamente se llama "Rana del
Chall-Hua-Co".
En el valle existe el refugio Juan Javier Neumeyer del Club Andino
Bariloche.
Allí se puede ir todo el año y disfrutarlo.
Si no hay nieve caminando por los 6 o 7 senderos señalizados para recorrer
la zona. Si hay nieve caminando con raquetas, haciendo esquí nórdico o
hasta disfrutando el caminar sobre una laguna congelada -la Laguna Verde-
Para llegar allí hay que dirigirse a la sede del Club Andino Bariloche, en
20 de Febrero 28. Desde allí salen las camionetas 4 x 4 que hacen el
transporte.
|