Dioses de Fin de Milenio

Articulo provisto por Nexo AC ( www.nexo.org )



Por Dr. Ricardo Duranti 

¿Cambiaron en la era del sida la salud y la enfermedad? No, lo que cambió son las formas de simbolizarlas. La salud es un bien de consumo y la enfermedad dejó de ser algo del orden de la naturaleza para convertirse en una pauta individual. “¿Tiene sida? Será porque es promiscuo, o adicto, o gay, o...”. 


La naturaleza ya no existe como tal; nos la escamotearon en el Discovery Channel. ¿Cómo contactarse con la vida en sí cuando una vida más rica y con “efecto zoom” nos es mostrada a diario desde cualquier pantalla? La vida se ha hecho virtual. Nuestro hábitat será mediático. 

“Salud” ha pasado a confundirse con el “estar bien”. Y el estar bien con el ser joven o, por lo menos, parecerlo. La juventud es el lugar donde todos quieren vivir indefinidamente. 

El/ella, aburrido/a ante su televisor, hace zapping. Tres mujeres, supuestamente jóvenes, de cuerpos perfectos y edades indefinibles, charlan animadamente sobre los milagros que realiza la medicina… ¿para curar el sida, el cáncer, alguna enfermedad de connotaciones sociales como la tuberculosis…? Para nada. En la aldea global no hay que tocar temas deprimentes. Louise Hay massmediática nos aclaró lo que hace al cuerpo mencionar ciertos temas, que, por otra parte, y con muy buen olfato, las tres saben que a él/ella no le interesan. Los marginales siempre son los otros, nunca uno. El milagro en cuestión, por supuesto, es estético, mucho más útil que lo ético. “Me encanta ser mujer”, ulula el televisor ante miles de mujeres que sostienen hogares sin hombres. 

En la aldea global las enfermedades son colectivas. El sida afecta a millones y su progresión se piensa a nivel mundial. El vih es causa necesaria pero no suficiente. Reaparecen por doquier las plagas. Cólera, tuberculosis, cuando no hambrunas que devastan pueblos enteros. Hablamos de adictos y de alcohólicos remarcando así que la enfermedad es de cada uno y que cada cual haga lo que pueda (se dice "sidoso", como antaño se estigmatizaba a los enfermos desagradables: leproso, tuberculoso, canceroso). 

El bienestar prometido por la ciencia parece avanzar junto a unos pocos, mientras empuja hacia atrás a millones. Zardoz hecho realidad. 

La salud y la enfermedad se ofrecen al mejor postor, de acuerdo al grupo al que se pertenezca. Pero esto, tan cotidiano, que confirma cualquier paseo que comience en una prepaga y termine en un hospital, es muy dificil de reconocer en los discursos oficiales multimedia. El mercado de la salud promete una forma de igualdad mientras desarrolla garantías de exclusión. 

No todos los grupos sociales experimentan la enfermedad del mismo modo. Algunos no pueden siquiera simbolizarla, en un mundo repleto de símbolos. La globalidad está más tribalizada que nunca. 



Narciso desterrado 

Pertenecer a un grupo discriminado expone al individuo a mayor estrés, mayor temor, mayor inseguridad, mayor posibilidad de enfermar, no a causa de una enfermedad médica, aunque ésta esté presente. También enferma de aislamiento y discriminación; señalado como diferente, se diferencia como puede y no siempre de la mejor manera. Hoy no se registra el valor altamente patógeno de la inseguridad que genera la pérdida de las redes sociales, el estrés de saberse librado a los propios medios. Vivimos en una sociedad que ha generado mecanismos de exclusión eficientes porque son invisibles, ocultos por un discurso políticamente correcto que todos aprendimos. 

No basta estar enfermo. Hay que poder reconocerlo para así exigir activamente al cuerpo social, escamoteado por el mercado, que establezca políticas de salud útiles y universales. La salud debe seguir constituyendo un derecho y ser efectivamente globalizada. No puede estar en manos del mercado sostenida por un sueño de igualdad. Los pacientes deben dejar de ser tratados como clientes, pero deben exigir como tales. 

¿Donde están los médicos en este recorrido? Antaño dueños de un saber misterioso, cargado de profundas significaciones sociales y visualizados como poseedores de una ética inquebrantable, hoy se han trastocado en técnólogos que explican por televisión, mientras se les escapa la compleja malla de relaciones que rodea su quehacer. Los profesionales de la salud no escapan al mito de Narciso. ¿Por qué hacerlo? La necesidad los alcanzó igual que al resto. ¿Quién resiste su imagen amplificada y cubierta de strass? Los trabajadores de la salud, aunque los médicos no se piensen como tales, pertenecen al cuerpo social y no precisamente al campo dominante. Pagan con el cuerpo los agujeros de una trama social que ya no los sostiene. Aumenta la incidencia de estrés, enfermedad cardiovascular, depresión, tensión inmanejable en los equipos de tratamiento. Se acuñan nuevos términos para tratar de explicar que el sanador enferme. Burn out. 



Mirar para otro lado 



¿Y los homosexuales? ¿Y el sida? Las lesbianas se piensan inmunes. A las golpeadas travestis nadie las escucha. Y los gays soslayan el tema y miran para otro lado, generalmente a un espejo. Todos saben pero pocos hablan. Los forros no se ven en los “lugares de encuentro”, eufemismo que habla de cines, baños, túneles, dark-rooms donde la protección, como siempre, queda librada a cada quien o a nadie, que es lo mismo. 

Sin campañas preventivas o dirigidas a los saludables adolescentes heterosexuales que conformarán el mercado del mañana, la comunidad gay queda librada a sí misma, lo cual no se sabe si es bueno o malo. Se ve mucho brillo, mucha histeria, pero poco compromiso y menos participación, por no mencionar un valor tan en desuso como la solidaridad. 

Pero ya sabemos, no hay mayor discriminador que el discriminado, incapaz de aprender de su propia experiencia. Igual, lo que importa es el hoy y los cuerpos, bien producidos, meneándose al son de una marcha sin fin que no lleva a ningún lado. 

¿La fiebre? No es del sida, es la del sábado por la noche.