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Por Pecci Saavedra, G.
La
meditación no es un método, una ciencia o un arte, sino una habilidad
latente en el ser humano; se descubre o no se descubre, pero —hablando
estrictamente— no puede enseñarse. Como el profesor de natación que tira
a los alumnos al agua para que descubran el truco de cómo nadar (vigilando,
por supuesto, que no se ahoguen), los maestros de meditación sólo pueden
lanzarte hacia tu espacio interior. En
la meditación hay unas pocas cosas que son esenciales; son muy pocas pero,
sea cual sea el método empleado, son absolutamente necesarias. La primera
es alcanzar un estado relajado: no luchar contra la mente, no controlarla,
no concentrarse. La segunda: observar, sin interferir y con una atención
relajada, todo lo que ocurra; tan sólo se trata de observar la mente,
silenciosamente. Y hacerlo, además, sin emitir ningún juicio o evaluación. Estos
son, pues, los tres requisitos: relajación, observación y no juicio. Así,
poco a poco, se produce un gran silencio interior. Todo movimiento interior
cesa y nos convertimos en espacio puro. Hay cientos de técnicas de meditación;
difieren en su organización, pero los fundamentos son los mismos: relajación,
observación y una actitud de no juzgar. La
Meditación nos permite experimentar desde nuestro Ser verdadero,
devolviendo a la Mente a su función original de intermediaria fiel y leal
entre el Espíritu y la Materia y permitiéndonos vivir una existencia más
equilibrada y armoniosa, y por lo tanto, más plena y feliz. "Podemos
focalizarnos sobre lo exterior, o bien cerrar nuestros ojos al exterior y
permitir que toda nuestra consciencia se centre interiormente; y entonces
sabrás; porque eres un conocedor, eres consciencia. Nunca la has perdido.
Simplemente la tienes enredada en mil y una cosas. Deja de dirigir tu atención
a todas partes, permite que la consciencia repose en ti y habrás llegado a
casa." (Osho
Rajneesh: Meditación, la primera y última libertad)
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